9 feb. 2014

Apología de la alopecia ( Luis Miguel Rodrigo)

Aparte del ahorro
más que considerable en peluquero (y su propina),
peines, cepillos, secadores
de incluso tres velocidades,
lacas, gominas, mascarillas, anticaspas,
suavizantes y demás mejunjes,
brebajes, lociones y potingues,
procura la calvicie recompensas
bastante inesperadas. Por ejemplo,
una imagen seria y adusta,
idónea para algunas profesiones,
pudiendo, en los casos favorables,
proyectar la idea
de que mueve el calvo las neuronas
con extrema agilidad,
que cruza su existencia por el mundo
con mente despejada:
nadie podrá decir que no tenemos
ni dos dedos de frente.
A causa de su astucia desmedida,
a su sagacidad descomunal,
jamás desaprovecha
las oportunidades,
las reconoce a quince leguas de distancia:
su aspecto es conocido.
Y es que la ocasión la pintan calva.
La alopecia además abre caminos a nuevos territorios
temidos por el hombre:
nos enfrenta a la intemperie del sintecho,
acercándonos al frío y a la lluvia,
nos encara, en definitiva, a nuestra indefensión más absoluta,
nos arroja a lo temido,
a lo más aborrecible.
Podríase decir que son los calvos
un tipo excepcional de aventurero,
curtido en la batalla de la vida
sin el colchón de la mirada
aprobatoria de la gente:
aunque no los usemos
sabemos lo que vale un peine.

Los calvos, foco ancestral de los insultos
y mofa recurrente de los niños,
lo cual denota la escasez de su inventiva,
para envidia del peludo
—esclavo del espejo,
cautivo de su imagen—
no desperdiciamos el tiempo en la minucia
de las mechas, la raya, el remolino,
los rizos, las rastas, los flequillos,
las poses, las coletas;
no nos lo permite nuestra majestuosidad
la cual sobrellevamos día y noche,
porque si bien corona no portamos
lucimos todo el año coronilla.