15 nov. 2014

El monstruo ( Ana Montojo)

Me ha crecido en el alma un monstruo triste
que me llena de sombras,
me sumerge...

en las oscuras aguas de la duda
y me ensucia el recuerdo.

Es un monstruo que engulle aquellos días
en que volví a creer
que era posible amarnos.

Camina junto a mí por esas calles
que recorrimos juntos,
se mezcla entre la gente,
y entra en esos bares
en donde todavía viven nuestros fantasmas.

Hoy estaba sentado en el rincón de siempre
escuchando a Louis Armstrong;
riéndose en mi cara me decía
─cómo has podido ser así de imbécil
cuando estaba tan claro
que todo era mentira.

Al salir he querido
eliminar el tiempo de un plumazo,
retornar otra vez al punto de partida
y saltarme esos años.

Y le he pedido al monstruo que se vaya,
que me deje vivir, que no me ponga
la realidad delante de los ojos.

Que me engañe algo más,
lo suficiente
para poner a salvo la memoria.

1 nov. 2014

Holgazanerías oculares ( Luis Miguel Rodrigo)


Mi vecina, de niña, tenía un ojo vago
que el médico forzaba,
a bofetadas y empujones unas veces
y otras con cariño,
a desentumecerse, a espabilar,
a abalanzarse al mundo,
salir de su ceguera recurrente
y recoger con la mirada los objetos:

al despertarse, las tostadas;
en la comida, los cubiertos
—sobre todo eran gritos
lo que les recubrían;
por la noche la tele
que chillaba aún más alto que sus padres.

Era inconmensurable
la infinita vagancia de este ojo:

“Con uno de los dos que esté de guardia
es más que suficiente. Para lo que hay que ver”.

Y en vez de responder al tratamiento
que el oftalmólogo ordenaba,
se acurrucaba en su retina,
se amodorraba cuenca adentro;
corría su persiana de párpado caído
para dormir la siesta a cualquier hora:
en medio de una clase
o en el autobús.


Seguía sin saberlo la doctrina
que rige en los comercios
que apenas entra nadie
y sobra un dependiente:
el único que logra 
hacerse independiente
después de muchos años.

Los doctores entonces se enfadaban,
reprendían: “Hay que ver”,
y le aplicaban el ungüento o un colirio.

Pero este ojo irreverente no cedía.

Cuando la niña fue mayor
y el ojo tuvo fuerzas
para al fin ver lo que pasaba
en su casa la perdieron de vista.